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Mónica Dal Maso, pintora de raza

 

La obra de la pintora  Mónica Dal Maso, inscripta dentro del expresionismo abstracto, nos lleva a una visión interior de  su inconsciente, siempre con un reaseguro de calidad.

Nos muestra cosmos de pinceladas, colores y grafismos de tal energía, desbordantes de placer estético.

Raro mérito e inusual de como comunicar y congelar instantes mediante la  forma y color tan contundentes,  como legítimos.

Mónica sabe como  decir  con su sello  inconfundible de destreza, la   fuerza y optimismo que  cada obra  nos propone.

En pocas palabras - color,  energía, oficio, son sus permanentes aliados y el rechazo inclaudicable  a los tentadores atajos de lo decorativo, meritorio.

 

MARCO OTERO                                                                                                                                                                       Noviembre de 2010

/prensa

Taller de líneas y manchas.


El gesto, lo imprevisto, lo no controlable. Así presentaba Mónica Dal Maso el Taller de Manchas llevado a cabo el día sábado 30 de septiembre en el Country Club Los Cardales. La tarde era prometedora, un salón amplio con un gran atril, hojas de papel en cantidad, mesas preparadas con cartones, pinceles, trapos, esponjas, agua, carbonilla y tinta negra, muy negra. El encuentro comenzó con una explicación contundente “la línea es la unión entre dos puntos. Bueno, eso es lo que no vamos a hacer”. Partir de lo que no se va a hacer es una apuesta interesante. La pregunta siguiente era entonces ¿qué hacemos? Y la respuesta fue singular. Cada uno hizo lo que pudo con esa incertidumbre, con esa idea de manchar, con ese miedo de no saber qué hacer, con esa limitación de “esto me sale mal”, con esa entrega a la diversión, a la contorsión, a lo que no se puede manejar, a la búsqueda de herramientas para delinear trazos, algunos más finos, otros más gruesos, otros casi imperceptibles. Las risas se empezaban a escuchar, los silencios también. ¿Qué había que hacer? era una pregunta recurrente. Como si la respuesta nos fuera a salvar de zambullirnos en ese mar de tinta negra que nos iba a revolcar hasta el fondo para hacernos surgir. Y lo que surgía era luz. Era placer de haberse animado a salirse de esa comodidad de las figuras, de lo esperable, de lo que nos sale bien. Las manchas salen. A veces son más oscuras, a veces más claras. A veces nos gustan mucho. A veces las detestamos. Algunas las romperíamos y otras las quisiéramos exponer. Todo eso soportamos porque éramos un grupo, porque buscábamos complicidad en el otro, porque alguien nos animaba ante nuestra desesperación y otro valoraba ese pequeño trazo que tanto nos costó. Al final, una ronda de palabras pareció acomodar algo de todo ese revuelo. Experimentación, sensaciones, perder el miedo, sentirse niño, vergüenza, animarse a… Partimos del gesto y me gustaría finalizar con la mueca. Esa contorsión del rostro algo burlesca, que nos ayuda a recordar que eso que creemos controlar, en definitiva, se nos escapa, se nos ríe y se burla hasta hacernos estallar.  


Ana Pisac.                                                                                                                                                     Septiembre de 2017

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